tree
Cofre de Familia (en audio) Nilson Alas
Nilson Alas

En su primer libro de poesía, Cuaderno solar (Alkimia libros, 2007), Nilson Alas nos ha invitado a su infancia, rodeada de colores y aromas, de formas y texturas, en un mundo que, por lo sencillo y duro a un mismo tiempo, nunca deja de hechizar y de doler.

El departamento de Chalatenango fue escenario de primer orden en la década de 1980 en el conflicto armado, y el municipio de San José Las Flores uno de los más comprometidos en el fuego cruzado. En muchos casos, la guerra produjo la dispersión de las familias, la ruptura de ese núcleo fundamental. Pero también cambió el paisaje: los ámbitos depusieron sus colores habituales en la medida en que los colores de la guerra iban ganando terreno; y la reconstrucción de los que volvieron nunca es suficiente para dejar las cosas en el sitio donde el recuerdo las reinventa.

Como a muchos, a Nilson Alas le tocó salir de su pueblo natal muy joven. Eso implicaba un cambio de costumbres, de relaciones, de itinerarios en una ciudad completamente desconocida. A su llegada a San Salvador tuvo que vivir en un apartamento sin patio, sin árboles, sin corredores ni portales, y para colmo, en un de los pisos a los que debía accederse por unas escaleras y de vértigo. Para alguien habituado a ese ámbito, tal muestra de desadaptación puede parecer exagerado, pero no lo es para un niño cuyo mundo se reducía, paradójicamente, a las amplias extensiones de aire fresco y arboledas interminables, a las incursiones diarias al río, a la compañía de pájaros y lagartijas en maizales y potreros.

En Cofre de familia, el poeta evoca nuevamentes ese ambiente bucólico de veredas polvorientas, de una madre inclinada al fogón, de un padre que atesora en un cofre los momentos más importantes, de una anciana que lidia con las incapacidades físicas del único hijo que le queda, de las fotos del hermano que no pudo ver al niño hecho poeta. Y en ese espacio de reposada emoción y de alegrías cotidianas, la terrible presencia del hombre hecho fuego y estampido, sangre y dolor, muerte y llanto.

Pero se atreve, por primera vez, a confesar sus frustraciones, el terror de verse sorprendido por la noche en una ciudad amenazada, terrriblemente ajena, probablemente inconquistable. Y finalmente, la reconstrucción de la esperanza, cuyos primeros cimientos son, sin duda, el amor, el trabajo, el deber cumplido y la familia.
........................................
Osvaldo Hernández

Introducción Audio file Poema 02 Audio file
Poema 03 Audio file Poema 04 Audio file
Poema 05 Audio file Poema 06 Audio file
Poema 07 Audio file Poema 08 Audio file
Poema 09 Audio file Poema 10 Audio file
Poema 11 Audio file Poema 12 Audio file
Poema 13 Audio file Poema 14 Audio file
Poema 15 Audio file Poema 16 Audio file
Poema 17 Audio file Poema 18 Audio file
Poema 19 Audio file Poema 20 Audio file
Poema 21 Audio file Poema 22 Audio file
Poema 23 Audio file Poema 24 Audio file
Poema 25 Audio file Poema 26 Audio file
Poema 27 Audio file Poema 28 Audio file
Poema 29 Audio file Poema 30 Audio file
Lectores Leedores
Cuaderno Solar Nilson Alas

Nilson Alas (San José Las Flores, Chalatenango, 1966) dejó inconclusos sus estudios de literatura en la Universidad de El Salvador, donde animó algunos proyectos como la revista Clave, de efímera existencia , y el taller de artesanía en barro Tutekin. Se graduó en cambio, de optometrista, profesión a la que se dedica desde hace casi una década.

Para vivir, es decir, para alimentar el espiritu, escribe poesía, dibuja, pinta y elabora obras de arte en barro. Para sobrevivir, es decir, para alimentar el cuerpo, se dedica a la optometría. De manera que, en sus dos ocupaciones, la de artista, fundamentalmente poeta, y la de optometrista, tiene que abrir bien los ojos. Para escribir, abre los suyos, que captan los colores y las sombras de la vida, la luz del sol en el patio de la casa donde pasó su infancia y a la que vuelve cada vez que la nostalgia lo convoca. Las arenas del legendario Sumpul y sus agitadas aguas. Y los cerros que son multitud de colores amontonados al final de los portales. Y el quiosco bajo la ceiba. Y todo lo que palpita en sus recuerdos. Y entonces, para recordar, también cierra los ojos, que es otra forma de abrirlos a un mundo interno que solo el poeta es capaz de traducir en palabras, ritmos y pausas.

En sus poemas, nos ayuda a ver las cosas como él las ve: sencillas, sin artificios, frescas, luminosas; a veces llenas de un dolor que parece dominarlo todo, pero que no obstante, deja algún espacio a la esperanza. Pero también ayuda a otros, abriéndoles los ojos y leyendo en ellos, a ver bien. Y es como si el mundo estuviera empañado y de pronto él, limpiando la ventana con el esmero y la paciencia con que lo vemos hacer cada cosa, le devolviera la claridad que le faltaba a los colores y la alegría de que carecían las formas y las distancias y los caminos.

Y así es el poeta. Abre y cierra los ojos. Los suyos. Los nuestros. Y entonces parece que todo recobrara sus colores. Y todo recobra sus colores.

..............................
Osvaldo Hernández

Entre las piedras,
la oracion descalza.
Entre la arcilla,
la silueta roja.

Polvo y canto,
desnudo en capricornio.
Sombra y forma vierten piel y flor.

Con siete risas en los ojos,
siete cosechas en los poros:
siete veces angel, niño y sol.

Elípticos almendros
trenzan la quebrada.
El talón desnuda pasos
entre miel, nidos y maizales.
El aliento asoma en hojas
y entinta la fisura de la piel.
La lectura blanca de los poros
asciende entre semillas
al puro azul
de la constancia...
Emerges fértil,
paralelo y húmedo,
como antorcha
o clorofila macular,
como vértice y espiga,
prisma y pulimento,
como lágrima o sol.
Sustancia o piedra.
Caracol o hierba.
La levadura fermenta
la ternura de la infancia.

Sus ojos deslizan la cornisa,
y el ácimo ritual consume la brasa del horcón quebrado.

Cuatro camisas desgastadas, puramente olorosas a quebrada,
sacuden humo, sudor y risas
allá, en aquel patio amarillo.

El alero y los tejados,
fervorosos de silencio,
entraman la atarraya que hurga las piedras
y el color oscuro de su infancia.

La estación difusa expele aliento de la entraña
y fermenta la espiga que marca la frontera.
El aire y la rama silban la canción agónica de invierno.
El azahar coagula el nuevo canto de la hoja,
la estación y la semilla...

Del penúltimo sombrero,
el barbiquejo;
del relincho,
la última montura.
Despierta el maremoto de la sangre
y abre la coraza de los años.

En el surco de mi pueblo,
cúmulo de ríos,
cerros y victorias...